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Evangelio † Lectura del santo Evangelio según san Lucas (2, 22-40)

Publicado por: Radio Activa 95.1 ,


Evangelio
† Lectura del santo Evangelio
según san Lucas
(2, 22-40)

Gloria a ti, Señor.

Transcurrido el tiempo
de la purificación de María, según la ley de Moisés,
ella y José llevaron al niño a
Jerusalén para presentarlo al
Señor, de acuerdo con lo escrito
en la ley: Todo primogénito varón
será consagrado al Señor,
y también para ofrecer,
como dice la ley, un par
de tórtolas o dos pichones.
Vivía en Jerusalén un hombre
llamado Simeón, varón justo
y temeroso de Dios, que
aguardaba el consuelo
de Israel; en él moraba el
Espíritu Santo, el cual le había
revelado que no moriría sin
haber visto antes al Mesías
del Señor. Movido por el Espíritu,
fue al templo, y cuando José
y María entraban con el niño
Jesús para cumplir con lo
prescrito por la ley, Simeón
lo tomó en brazos y bendijo
a Dios, diciendo:
“Señor, ya puedes dejar morir
en paz a tu siervo, según lo que
me habías prometido, porque
mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien
de todos los pueblos; luz que
alumbra a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel”.
El padre y la madre del
niño estaban admirados
de semejantes palabras.
Simeón los bendijo, y a María,
la madre de Jesús, le anunció:
“Este niño ha sido puesto
para ruina y resurgimiento
de muchos en Israel, como
signo que provocará
contradicción, para que
queden al descubierto los
pensamientos de todos los
corazones. Y a ti, una espada
te atravesará el alma”.
Había también una profetisa,
Ana, hija de Fanuel, de la tribu
de Aser. Era una mujer muy
anciana. De joven, había vivido
siete años casada y tenía ya
ochenta y cuatro años de edad.
No se apartaba del templo ni de
día ni de noche, sirviendo a Dios
con ayunos y oraciones.
Ana se acercó en aquel
momento, dando gracias a Dios
y hablando del niño a todos
los que aguardaban la
liberación de Israel.
Y cuando cumplieron todo lo
que prescribía la ley del Señor,
se volvieron a Galilea, a su
ciudad de Nazaret. El niño iba
creciendo y fortaleciéndose, se
llenaba de sabiduría y la gracia
de Dios estaba con él.

Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

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